Esperaba siempre a que lloviera, en el sentido literal y que aquél clima frío me arropara. Que estuviera siempre así el ambiente, porque ahí en esos instantes llegaba siempre un mar de ideas, pensamientos y emociones, como de golpe. Y sentía como si alguien con una gran fuerza, me abrazara y me dejara más pequeña de lo que soy, indefensa y protegida, así todo a la vez.
Soñaba con finales felices, siempre. Aunque no siempre esperaba finales, solo felicidad, que tonta. Me miraba como la protagonista de alguna comedia romántica, pero sin lo romántico. Una extraña secuencia de microhistorias, con más chiste que realidad.
Aquellas sensaciones se repetían con mucha frecuencia. Y en su pequeña cabecita tenía la idea de que, había algo buscando darle señales de algo que aún no logró descifrar, que tal vez entienda cada vez menos. No es necesario matarse la cabeza para entender, o prestar más atención, para escuchar tal vez alguna voz en la cabeza.
Salir a tomar el sol radiante de su natural tierra caliente también era reconfortante, como si los climas cambiaran las emociones y recargaran o quitaran las energías, tanto la lluvia fría como el sol radiante tenían efectos extraños.
Tal vez la señal estaba tan clara que se negaba a mirarla. El encierro empezaba a enloquecerle y necesitaba salir desesperadamente de allí, tomar aire, respirar profundo fuera de aquellas paredes que se le venían encima.
Cuán necesario es, mover la vista y escudriñar horizontes nuevos. Observar con detenimiento si existe alguna señal y esperar a que volviera a llover. Así como lo es el salir ahí a ese pequeño balcón, a tomar aire y recargar ideas. Y con ganas de sentir la garúa en el rostro.
Debra, Bravo
